Mi Atila, el mejor tratramiento

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caprixosso
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Mi Atila, el mejor tratramiento

Mensaje por caprixosso »

Intentaré explicaros el porque de el título de este post.

Todos sabemos que hay días en los que uno llega del trabajo malhumorado, estresado, cabreado, en fin, todo lo que termine en "ado" y que haga referencia a un estado de ánimo totalmente negativo, incluso diría yo, que también un poco depresivo... pues bien, hoy ha sido un día de estos para mi.

Pulgarcita y yo llegamos del trabajo sobre las doce de la noche, como he contado más arriba no ha sido mi día, y le digo que si quiere dar una vuelta en la moto, Pulgarcita accede.

A partir de ahora intentaré describir mis sentimientos durante 50 minutos que dura el "tratamiento".

Subo a la planta de arriba y entro en el vestidor, abro el armario y cojo mi chupa de cuero, la elevo por encima de mi cabeza, introduzco los brazos por las mangas y por su propio peso cae pesadamente sobre mi espalda, abrocho la cremallera, tras unos segundos mi cuerpo y mi mente ya son conscientes de que algo bueno está por llegar. Bajo al piso de abajo abro el cajón donde normalmente guardo los guantes y bragas para el cuello, rebusco entre ellos, hasta encontrar los más viejos que tengo, mis primeros guantes moteros, me los enfundo y pienso en los miles de kilómetros que llevan. Pulgarcita lleva los cascos en la mano... me dirijo hacia el garage.

Cuando levanto la puerta, la veo... ahí esta, inclinada unos grados hacia la izquierda reposando en su pata de cabra. Me acerco y enderezo el manillar, acto seguido levantando la pierna izquierda la paso sobre el asiento dejándome caer sobre él. Cojo de nuevo el manillar y ayudándome con la misma pierna enderezo a Atila sin apenas esfuerzo. La dejo que se deslice hacia atrás cruzando los tres o cuatro metros que nos separan de la calle, todavía marcha atrás atravesamos la acera y con la inercia que provocan sus casi cuatrocientos kilos de peso llegamos al asfalto quedando encarada para iniciar el "tratamiento".

Introduzco la llave en el contacto, la giro y la aguja del velocímetro se mueve como siempre, me gusta escuchar todos esos zumbidos que, en el silencio de la noche, son mucho más perceptibles... termina el chequeo, esta noche se me antoja que el mismo ha durado más que otras veces, parece decirme ánimo chaval, te voy a dejar como nuevo.

Pliego la pata y presiono el botón de arranque durante un instante, su motor arranca, Pulgarcita me da mi casco, me lo pongo y ajusto el cierre, lo cierro y levanto la visera, agarro el manillar con fuerza, asiento bien los pies en el suelo separándolos todo lo que puedo de Atila para tener más apoyo y sin pronunciar palabra alguna, muevo ligueramente la cabeza con un gesto afirmativo, Pulgarcita sabe que estoy preparado, puede subir... sin planearlo, siempre lo hemos hecho así... y nunca me ha pillado desprevenido. Se monta me da una palmada en el hombro y acto seguido veo en el retrovisor su puño cerrado con el pulgar extendido, todo listo. Cojo el embrague lo presiono contra el puño y meto primera, se oye un sonido seco y
Atila da un pequeño salto hacia adelante cual caballo con ganas de salir al galope.

Bajamos por la avenida y tomamos la calle Mayor saliendo en breves instantes del pueblo y cogiendo la carretera que nos llevará a la autovía, vamos despacio 40 ó 50 km/h no hay coches circulando en ninguno de los dos sentidos.

Llegamos al acceso a la autovía y tomamos el carril de aceleración, justo a la izquierda llevamos un convoy de camiones, por lo menos seis o siete, Atila va en segunda, le retuerzo el puño sin compasión y comienza subir de revoluciones a un ritmo infernal le voy engranando más velocidades Pulgarcita aprieta sus piernas contra mi cintura y en un abrir y cerrar de ojos
hemos dejado atrás a todos los camiones y cogemos la velocidad de crucero 140km/h, a partir de ese momento nos relajamos todos, ya no siento la presión de las piernas de Pulgarcita, Atila ronronea suavemente con un punto de gas y yo, soltando el puño izquierdo dejo que el aire empuje mi brazo hacia atrás buscando a Pulgarcita, le doy unas palmadas en la pierna y ella
responde con una ligera presión de sus piernas contra mi cintura, esta vez en señal de que todo va bien. A partir de ese momento la mente se queda prácticamente en blanco, se olvidan los problemas, me siento libre y ante mi tengo todo un rio de asfalto por el que navegar, en compañía de mi media naranja y mi moto.

Cuando me doy cuenta la luz de Atila se refleja en un panel de señalización en el cual nos indica que estamos a 1000 metros de la salida de Orihuela, hacemos el cambio de sentido e iniciamos la vuelta, 4 o 5 km antes de tomar la salida de la autovía hacia las Torres de Cotillas me invade el deseo de sentir la fuerza del aire contra mi pecho, paso de quinta velocidad a cuarta y vuelvo a retorcer el puño de Atila, la cual sale disparada como alma que lleva el diablo... en momento la aguja marca 190 y el aire me empuja hacia atrás, moviéndome la cabeza de un lado a otro de una forma un tanto divertida... de nuevo siento las piernas de Pulgarcita contra mi cintura, en ese momento me doy cuenta de que la echo de menos cuando ella monta su Peligro.

Hemos llegado a la salida y suelto rápidamente el acelerador, el motor baja y sube de revoluciones a la vez que voy engrando velocidades más cortas, sin haber tocado el freno abandonamos la autovía y de nuevo, a 40 ó 50 km/h nos dirigimos hacia casa, cuando tomo la redonda para enfilar por la avenida en la que vivo, intento comparar mi estado de ánimo con el que hacía algo más de tres cuartos de hora llevaba circulando en el otro sentido. Dentro de mi casco, sonrió... no pienso más en el tema, está más que claro.

Llegamos a casa, de nuevo, como un ritual, asiento bien los pies en el asfalto, sujeto fuerte el manillar y y muevo ligeramente la cabeza indicándole a Pulgarcita que estoy preparado… ella baja de la moto sin apenas notarlo. Abre el garaje, y entramos en él Atila y yo, prácticamente a ralentí, todos duermen y no quiero despertarlos. Quito el contacto y el motor se calla, de nuevo el silencio de la noche deja escuchar con mucha más nitidez, esta vez, el crepitar de los escapes, me bajo de Atila, salgo del garaje y antes de cerrar la puerta la miro y mentalmente, le doy las gracias por haberme levantado el ánimo. Mañana habrá que ir a trabajar y quizás con un poco de suerte vuelva malhumorado, estresado, cabreado, en fin, todo lo que termine en "ado" y que haga referencia a un estado de ánimo totalmente negativo, incluso diría yo, que también un poco depresivo y ella, Atila, en compañía de Pulgarcita, vuelvan a darme una dosis de ese "tratamiento" que me deja como nuevo.


Nunca digas de este agua no beberé, pues es posible que algún día te atragantes con ella.

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