Este fin de semana vamos a recuperar la zona que ibamos a visitar el domingo pasado, y que por inclemencias del tiempo nos vimos obligados anular.
Con la plena ayuda del amigo Mr Hills, hemos diseñado una ruta pasando por El Hoyo de Pinares, para ir de tapeo y volver a comer a casa.
La salida, como estaba prevista la semana anterior, la haremos desde la ES Campodón de Alcorcon, facil de llegar desde M50 (salida 64), como es habitual saldremos a las 10:30 con los depositos llenos
"Se advierte que la misma puede sufrir variaciones, si así se estima conveniente por los que acudan a dicha ruta, rogando encarecidamente a los que pretendan incorporarse en algún punto de la misma que se lo comuniquen previamente al organizador para tenerlo en cuenta a la hora que se pueda producir alguna variación"
muchas gracias al jefe de ruta y al "planeador" de la misma. El tiempo, a pesar de las fechas, nos permitió pasar una buena mañana. Como algunos ya sabeis, disfruté de un buen tramo en clase "business", sin hacer de menos a nuestra S, claro!! que, de momento, nos lleva donde queremos...
Sin entrar en detalles, Purple y yo te deseamos pronta recuperación !!
La mañana estaba siendo estupenda. Una ruta sencilla, fácil y un tiempo inmejorable aderezado con la salsa de una insuperable compañía. Determinaron hacer un alto, una parada, en un bar conocido por Mr. Hills, donde, por un más que módico precio almorzaron, reponiendo fuerzas para enfrentarse de nuevo con el asfalto, con ese firme (a veces no tanto) que impulsa a un motero a devorar kilómetros y kilómetros a lomos de su montura, sin rumbo fijo, observando la vida pasar bajo sus ruedas, bajo sus pies, con la mirada puesta al frente, pero sin que la línea del horizonte dibuje un final determinado.
Así es el motero, así es la vida en la moto.
Durante el regreso todo transcurría normalmente, casi perfecto. Una estupenda formación que, por donde pasaba, conseguía sin esfuerzo, que todos volviesen la cabeza. Niños, grandes, medianos, abuelos que con su bastón al ser agitado al viento, brindasen un adiós sin palabras desde la tranquilidad de un banco, deseando un buen viaje sin la necesidad de un abrazo.
El brillo, procedente de unos relucientes cromados, que por momentos ocultaban al del sol haciéndole empequeñecer, dotaba a las calles por donde pasaban de una extraordinaria luminosidad; eso, y el sonido de las motos en comitiva…los latidos de ese mecánico corazón que levanta pasiones, envidias y odios, entre aquellos que, aún queriendo, no puede hacerlo; disfrutar del bienestar, de la vida que ese apéndice en el que se convierte tu maquina proporciona, de esa elongación de tu cuerpo que, por unas horas, se fusiona, conformando, creando entre piloto y maquina, una conjunción de espíritus imposible de separar.
Solo cuando pones pie a tierra esa unificación se deshace, hasta que de nuevo, al subir a lomos de ese alazán de hierro, el corazón se acelera latiendo desbocado, como lo hará, en un instante, tu maquina.
Al girar la llave, tu mano tiembla; al pulsar el arranque sientes como si con una fuerza sin control oprimieran tu corazón, exprimiéndolo, extrayendo el combustible con el que, emitiendo un rugido, tu moto arranca.
La fuerza que transmite se convierte en antagonista de la paz que se alcanza cuando el ronroneo del motor se estabiliza, siendo roto, desgarrado, cuando con un golpe de puño, con un giro de muñeca, consigues que la maquina ruja, impulsándote hacia adelante como alma que lleva el diablo.
El corazón no deja de latir aceleradamente, mientras, por el espejo, observas como el grupo se compenetra, se hace uno, incapaz de disolverse, sin permitir que nadie ose interponerse entre ellos.
Solamente un conductor despistado, pudo colofonar, con un trágico final, aquella mañana exultante de amistad.
Una línea es un muro, o al menos así debería ser.
Un despiste, tan solo unos segundos en los que se pierde la noción de la carretera, y un manto de negrura pudo haberlo ocultarlo todo, convirtiendo ese instante en desazón, en tragedia. Pero esta vez, la mano invisible que protege a los moteros, a los VOCS, de nuevo hizo de las suyas al extenderse, permitiendo, de modo casi inexplicable, que el espejo del coche, de ese vehículo homicida, acariciase la maneta del embrague, de ese embrague que permite que la moto avance hacia el futuro, de ese plástico protector (bendito sea) que salto en pedazos, al igual que lo hizo el espejo del vehículo conducido por ese piloto despistado. Esos trozos que, por un momento, hicieron temer lo peor, que en vez de ser de algo inanimado, unos plásticos, de los que hubiese tomado su lugar una persona, un ser querido, emprendiendo un vuelo con un claro final… Pero la suerte, transformada a los pocos minutos en dicha, quiso que, únicamente, de ese estúpido despiste, solo quedase el recuerdo, en forma de momentáneo anillo de color morado dibujado en el dedo corazón de nuestro amigo, ese dedo del que dicen es la prolongación del alma, donde termina el cuerpo, donde, en un instante, a través de él, pudo extinguirse una vida.
Tan solo un centímetro, probablemente algo menos (y esta vez la medida no es exagerada, al contrario que en otras ocasiones en las que los hombres confundimos veinte centímetros con algo evidentemente menor) consiguió alejar la sombra de la fatalidad.
Es curioso que una medida tan pequeña interponga una distancia tan enorme entre la vida y la muerte.
Que la invisible mano de la divina providencia siga dirigiendo y protegiendo a esta familia que compone el VOCS.